Cuando Artemisa terminaba su jornada en el carro lunar, tomaba su
arco y sus flechas y acompañada por sus ninfas, salía a
cazar bestias salvajes en el bosque.
Una tarde, la diosa y sus
acompañantes tomaban un baño, cuando Acteón, que también cazaba por ahí, escuchó sus
risas y se escondió tras unos
arbustos, y separando cuidadosamente las ramas, quedó sorprendido de lo que veía.
Al mismo tiempo, Artemisa se volvió al escuchar con su agudo oído el ligero
movimiento, y se encontró con la mirada sorprendida del joven. Indignada porque un mortal la
observaba sin ropa, tomó agua con la palma de su mano, se la arrojó en la cara y lo
retó a que se fuera y declarara, si se atrevía, que había visto a Artemisa desnuda.
Tan pronto como el agua tocó su rostro,
él se fue gritando que la diosa se había desvestido sólo para él, y mientras hacía
esto, se fue transformando en ciervo. Los perros de Artemisa
fueron tras él y lo hicieron pedazos.
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