Todas las
noches, cuando Apolo terminaba su recorrido, Artemisa subía a su carroza de plata y guiaba a sus
caballos, blancos como la leche, a través del cielo, mientras era seguida por las
estrellas que brillaban a su paso.
Una noche, mientras pasaba, vio a un
joven pastor dormido, con su rostro iluminado por la luz de la Luna.
Artemisa se sorprendió con su belleza. Deteniendo
su carroza, bajó a su lado, se inclinó y suavemente le dio un beso.
Endimión, despierto a medias,
abrió un poco los ojos y por un momento contempló la visión que tenía enfrente. Esa
sola mirada, aunque hizo huir rápidamente a Artemisa,
hizo que se levantara de prisa y se frotara los ojos. Pero cuando volteó a ver a la Luna, la que vio tan cerca antes, lejos en el firmamento, se
convenció de que todo había sido un sueño. Intentó volver a dormirse para continuar con
ese sueño, pero ya no regresó esa noche, sino hasta la siguiente, cuando se recostó en
el mismo lugar; y noche tras noche se repetía cuando los pálidos rayos de luna
iluminaban su rostro.
Artemisa,
tan enamorada como él, no podía dejar de pasar por donde estaba Endimión sin detener su
carro por un momento, al tocar la punta del monte, para ir hacia él y darle un beso. Aún dormido, Endimión
esperaba su llegada, pero un hechizo parecía impedir que se despertara.
El tiempo pasó, y Artemisa finalmente le hizo dormir eternamente y lo llevó al
Monte Latmo, donde cada noche la diosa se detenía para ir al lado de su amado y dejar un
beso en sus labios inconscientes. Esta historia inspiró a poetas de todas las épocas. |