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Enloquecido
de rabia por la muerte de su hijo, Apolo
se vengó matando a los Cíclopes, los creadores del fatal trueno. Júpiter
lo castigó enviándolo a la Tierra al servicio de Admeto, rey de Tesalia.
El dios sólo tenía un consuelo en su exilio: su música.
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Sus dulces melodías hicieron que se
ganara la admiración del rey, quien le dio el puesto de pastor. El tiempo pasó, y Apolo, agradecido por la amabilidad de su amo, quiso hacerle
un favor, y pidió a los dioses concederle a Admeto vida eterna. |
La petición fue
concedida, con la única condición de que cuando llegara la hora de la muerte de Admeto,
alguien más estuviera dispuesto a morir en su lugar.
Este decreto llegó hasta Alcestis,
la joven esposa de Admeto, quien se ofreció a dar su vida a cambio de la de su esposo.
Pero para Admeto la inmortalidad no le importaba a tal precio, hasta que Hércules,
compadeciéndose de su sufrimiento, descendió hasta el infierno y la trajo de regreso
desde el más allá. |
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Después de terminar su servicio con
Admeto, regresó al Olimpo para cumplir con sus obligaciones.
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